Llegué por primera vez a Puerto Vallarta en julio de 2024, justo después de completar una formación en sanación para la liberación del trauma. Me habían invitado a compartir este trabajo con un grupo pequeño, y me bajé del avión sintiéndome abierta, sensible y curiosa. No esperaba que la propia ciudad me sostuviera como lo hizo.
Lo primero que recuerdo es el aire: cálido, suave y ligeramente salado por el océano. Las montañas se alzaban de forma imponente detrás de la costa, frondosas y llenas de vida, como si custodiaran la bahía. Me dejó sin aliento. Soy de Terranova, en la costa este de Canadá, donde los acantilados se encuentran con el Atlántico, y algo de estar rodeada tanto de montañas como de mar me resultó al instante familiar. Pero aquí, todo brillaba con una luz tropical.
Las mañanas empezaban con el amanecer en la playa. El cielo iba abriéndose lentamente, del índigo profundo al rosa empolvado y al oro fundido, con las olas entrando con un ritmo constante que se sentía como un latido. Caminando descalza por la orilla, con la arena fresca bajo los pies, sentí que todo mi cuerpo se aflojaba de una manera que no me había dado cuenta de que necesitaba.
Los días transcurrían despacio: movimiento suave, fruta fresca y café fuerte, risas compartidas con amigos, el aroma del marisco a la parrilla flotando en el aire cálido, música sonando en algún lugar cercano. Las tardes traían atardeceres tan intensos que parecían casi irreales, con el cielo teñido de coral y fuego mientras el océano devolvía cada color.
En Puerto Vallarta hay una calidez que va más allá del clima. La llevan las personas. Los desconocidos te saludan con naturalidad. Las caras conocidas te reciben de vuelta como si no hubiera pasado el tiempo. Con cada visita, conozco almas hermosas que dejan huella en mi corazón.
La ciudad ofrece cultura, variedad y una sensación de seguridad que te permite soltar el aire. Puedes pasear sin prisa, soñar con cascadas e islas escondidas que esperan justo más allá del horizonte, y dejar que el tiempo se estire de una forma que se siente generosa.
Ya he ido dos veces y estoy planeando mi tercer viaje este marzo. Cada regreso se siente menos como viajar y más como volver a casa.
Puerto Vallarta es donde las montañas se encuentran con el mar… y donde algo dentro de mí se siente profundamente en paz.

